domingo, 3 de julio de 2011

Malcolm


Más de una vez he hecho el esfuerzo por recordar cómo empezó todo. Cuando digo "todo" me refiero a la vida misma, a lo concreto, a lo que nos reconoce como persona. ¿En qué momento tomamos conciencia de quiénes somos, de que tenemos nombre, apellido, edad y un hábitat concreto? ¿En qué momento comprendemos que no da lo mismo tener madre que no tenerla? Que aquel personaje que sale todas las mañanas de tu casa y vuelve de noche es tu padre y no "un alguien" que ves de tanto en cuanto. Que no da igual llevar la primogenitura, que ser la del medio o la pequeña.

Mi vida comienza entonces cuando supe que Malcolm era mi hermano. Seguro que no todos los días, pero en mis recuerdos prevalece una imagen en la que íbamos con sweater rojo y con pantalón de tirantes. Mi pelo era amarillo y el de Malcolm, marrón. Malcolm leyó antes que yo, bueno, me llevó la delantera en eso y en muchas otras cosas. Mientras yo me empeñaba con Tilly y Tessa -tres cuartos de dibujo y una línea de texto por página-, él me deslumbraba con El mago Merlín -mitad dibujos, mitad texto.

Malcolm era muy ocurrente: ¿por qué no cambiamos todos nuestros juguetes con los de los vecinos?, ¿por qué no te quitas las pestañas una a una para ver quién tiene más?, ¡vamos a tirarnos encima de ese montón de arena! Malcolm me dejó el montón de color blanco para mí; él se tiró encima de la "montaña de color gris". La suya era de arena; la mía, de cal. Y no valía llorar, y no lloré, y tampoco se lo conté a nadie. Prefería seguir jugando con él.


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