
Me gusta exprimir cada momento. Cuando era más chica, esperaba con ansias aquello que iba a ocurrir dentro de un rato. Si se trataba de un cumpleaños o de la visita de una persona amiga, me costaba todavía más esperar. Y si era un paseo, ni qué decir de un viaje, bueno, esa noche seguro que no podía dormir.
Este fin de semana vinieron los
Cristiani Queirolo de visita. Llegaron cerca del mediodía del domingo y se alojaron en una casa rural del valle de Aranguren. Se marcharon a primera hora de la tarde del lunes. Sin embargo, Rosario y yo nos quedamos con la sensación de una visita larga. Quizás porque llevábamos tiempo preparándola.
Y si bien las horas volaron y todo fue un no parar quietos, se me hizo presente el recuerdo de la primera vez que vi un arco iris. Estaba con mis padres, volvíamos no sé de dónde y paramos a merendar en una terraza. Llovía a cántaros, estábamos cansados y hacía calor. Para mantenerme quieta en la silla, mi padre me señaló un arcoiris: violeta, verde, amarillo, naranja...qué precioso adorno para el final de una tarde de verano. Pero más que los colores, me cautivaron las palabras de mi padre: al final del arco iris, alguien ha escondido un tesoro.
En ese momento se acabó la poesía y quise dar paso a la acción: "Si allí se esconde un tesoro, ¿por qué no vamos a buscarlo?". Nunca entendí por qué nos fuimos a casa sin ni siquiera intentar llegar al final del arco iris. Si estaba allí, se veía claro que la luz terminaba detrás de las rocas. Fue otra de esas decisiones de adulto que de niña me costaba tanto entender.
Este fin de semana valoré mucho el esfuerzo que hicieron Álvaro y Rosario para venir a Pamplona con sus tres niños. Alquilaron un coche y se trasladaron 500 km para estar aquí solo 24 horas. No dejamos nada pendiente. Pero no fue por eso que se nos quedó la cara de no-puedo-más-pero-estoy-feliz. Fue más por lo que dijo Álvaro con la voz entre cortada, cuando nos despedimos de los
Salaberri en el bar El gaucho.
El domingo de tarde, cuando los visitamos en Mutilva, habíamos acordamos con ellos el paseo de la mañana del lunes. Así fue que después de la plaza de toros, Antonia y Felipe
redesayunaron con Maricarmen. Pedro empujó el cochecito de Josefina casi toda la mañana y le mostró el rostro del santo a Felipe.
Andrés intentó enseñarle a Antonia los nombres de los kilikis y se rió de Josefina, quien dormía en su silla con la misma postura que llevan los que han dado todo por la fiesta.
Está claro que la emoción de Álvaro no fue porque se nos acababan los pinchos. Fue, quizás, por esa evidencia aplastante de que no habíamos tenido que buscar detrás de las rocas. Pocas veces un brindis tuvo tanto sentido. En un momento tuve la tentación de no escuchar. ¿Y si yo también lloraba? Pero no, esta vez no me lo perdí. Y me sentí rica, y fui dueña de aquel tesoro y le agradecí a mi padre que me hubiese transmitido la ilusión por buscar siempre el final del arco iris.